Un Domingo con visitas
Un Domingo con Visitas
SÃ, era un dÃa ideal. Elegido porque todos estábamos reunidos y mamá podÃa preparar alguna comida más elaborada, oportuno para que mi padre lo invitara para ese almuerzo. Don Giuseppe era un hombrecillo muy particular. De baja estatura y cabeza algo grande. Siempre que lo encontrábamos en la calle, en alguna cafeterÃa o restaurante, una situación accidentada ocurrÃa. Saludaba demasiado efusivamente, y su torpe mano entregada al saludo espontáneo pasaba entre dos botellas sobre la mesa, volcando los recipientes, mojando manteles y rompiendo algún plato en la ocasión. Otras veces, reunido él con unos amigos, al encontrarnos, se incorporaba enérgicamente y arrastraba consigo, el mantel de la mesa del bar y las botellas y vasos sobre la misma, caÃan estrepitosamente al piso con los consabidos estropicios que obligaba a retirarse por la vergüenza a sus acompañantes, quedando Don Giuseppe solo, en situación imprevista y atónito por la rapidez con que los hechos lo dejaban expuesto al ridÃculo en todo el salón de la cafeterÃa. Pero, pese a su carácter espamentoso, a su risa payasesca y espontánea, mi padre lo apreciaba bastante. Sensibilizado por su soledad, decidió para ese domingo que justo coincidÃa con el DÃa de la Madre, invitarlo a compartir un almuerzo familiar. Comió feliz, disfrutando de los exquisitos platos sencillos y caseros de mi madre, como tallarines con tuco y carne estofada, espolvoreados con mucho queso rallado y perejil fresco. Acompañaba en la mesa, el vino infaltable de cualquier marca “Reserva de botella tres cuartos”. Pero, una sopita no se podÃa despreciar. Mi madre ya en la cocina, la servÃa y yo le ayudaba a llevarla hasta el comedor. Primero servirle a mi padre, después a la visita. Cuando me acercaba a nuestro personaje, quien movÃa sus manos agitadamente, expresando alguna anécdota personal, yo intentaba colocar con mi tÃmida niñez, el plato hondo en su posición sobre la mesa. Pero fue inevitable. El lÃquido hirviente cayó precipitadamente sobre los pantalones negros del traje del invitado. El salto del individuo, fue colosal, ya que sus reflejos no fallaron ante el intenso calor sobre su piel. Como yo percibÃa el vuelco incontrolable de la sopa, continué vaciando todo el plato -total, ya que estaba- hasta el último fideÃto dedalito. Ante el estado catatónico transitorio del grupo familiar, pude vislumbrar al hombrecillo, en acto espasmódico, sentado en el piso, con sus piernas convulsivas flexionándose y sus brazos en plena agitación, mientras gritaba pavorosamente: “¡Me quemo!¡Me quemo!”.
Por suerte,mi hermano llegó a tiempo con la talquera,para absorver las manchas de grasa volcadas sobre el traje…
Renée Escape
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