La capilla
LA CAPILLA
(Publicado en “El libro de los talleres 29” de Editorial DUNKEN CABA) -
Los pasos de Ana eran lentos. HacÃan eco y el sonido le volvÃa con el mensaje de los cristales de los vitraux.
Ingresar todas las tardes al recinto sagrado era un ritual inevitable los últimos años. Ya estaba muy sola y su único recurso era la compañÃa de las figuras religiosas de los altares apuntillados. La penumbra traslucÃa los dibujos del piso y sus arabescos esa tarde le parecÃan más alegres. Esto la sorprendió porque nada era divertido en sus dÃas siempre grises. Continuó su marcha, para depositar su ramo en la repisa de San AntonioÂ… esta vez eligió nardos recién cortados. Giró para ubicarse en el centro y cerca del altar, para pedir y agradecer, pero notó que no estaba sola. Una mujer lloraba sobre un gran pañuelo oscuro. TÃmidamente decidió ubicarse un poco más atrás esta vez. Los espasmos sollozantes de quien le parecÃa una infeliz, no le dejaban concentrarse en sus habituales oraciones. Decidió acercarse, tomó su hombro mientras le interrogaba por alguna necesidad, quizás podrÃa hacer algo por ella. La mujer la miró angustiada y levantándose se marchó con rapidez. Sorprendida, Ana trató de olvidar el incidente y se reclinó ante el altar cuya blancura le sirvió de concentración para la meditación.
Las ventanas de ambas naves laterales se abrieron repentinamente juntas, haciendo que el frÃo ingresara helando la piel de la implorante. Asombrada Ana se incorporó y miró que no habÃa más nadie en el templo. Se encendieron todas las luminarias y los nardos que antes depositara, se multiplicaron por cientos en todos los floreros impregnando con su aroma todo el espacioso ambiente. Desde el atrio, una alfombra roja rodó a lo largo del pasillo central desenrollándose al completo ante sus pies. La puerta de la nave central hizo la apertura de sus dos hojas y un hombre alto y atractivo le enviaba su mirada romántica desde lo profundo de sus ojos azules. Ana vibraba de emociónÂ… pero un sudor empapó su rostro y cuerpo temblorosos. Un sofocón ahogaba su garganta mientras se sentaba al borde de su cama angosta que, colocada cerca de la pared, hacÃa más grande aún la habitación casi vacÃa. Percibió un viento fresco y penetrante. Lo tomó como causal de la apertura de la ventana de la pared opuesta. Se levantó a cerrarla y notó que la cortina habÃa arrojado el florerito cerámico derramando el agua y los nardos sobre el mueble y el piso. Descorrió los visillos y miró hacia el amanecer todavÃa oscuro y gélido. El campanario de la iglesia de la esquina, le observaba burlón y los árboles desnudos del invierno le mostraban su intimidad impúdica. Molesta, cerró su escote de frisa gruesa y girando su encorvado caminar, se dirigió hacia la mesilla de noche para tomar los comprimidos de la mañana. El vaso tapado con la servilletita bordada reflejaba en el agua un rostro agrioÂ… el de su vulgar vida solitaria.
©Renée Escape-2013-
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