Café helado
CAFÉ HELADO. Jorge Muñoz Gallardo.
El mozo dejó la copa con el café helado sobre un platillo de loza en la cubierta de la mesa y se retiró. BenjamÃn miró la copa, la crema, el helado de vainilla y el café, una galleta asomaba en la crema blanca y aromática. Se comió la galleta con lentitud, saboreando atentamente, luego cogió la cuchara y la hundió en la blanda masa que flotaba encima del café con la intención de revolver los tres elementos, pero el café helado se desbordó y deslizándose por los costados de la copa, llegó al platillo, corrió por la cubierta de la mesa, cayó en los pantalones de BenjamÃn y continuó por el piso enlosado creciendo con insólita rapidez y salió por la puerta del restaurante hacia la calle con la fuerza de un rÃo caudaloso y cubrió todo el sector en pocos segundos, el calor del sol veraniego espesaba la masa pegajosa. Los automóviles se detuvieron de golpe, lo mismo pasó con las motos y las bicicletas. Los conductores de los autos aceleraban el motor pero los vehÃculos seguÃan inmóviles, los ciclistas pedaleaban y las bicicletas no se movÃan, permaneciendo fijas igual que una cuchara parada en un frasco de manjar endurecido. Los transeúntes, sumergidos hasta las rodillas en el café helado intentaban caminar sin conseguirlo. Llegaron los bomberos, carabineros y ambulancias, a todos les pasó lo mismo, se quedaron adheridos al café helado cada vez más pegajoso y espeso. BenjamÃn abrió los ojos y miró a su alrededor y respiró aliviado al ver su dormitorio, pensó que todo habÃa sido un sueño. En ese instante la puerta se azotó con violencia contra la pared y una avalancha de café helado entró en la habitación, BenjamÃn dejó escapar un grito y saltó por la ventana. VivÃa en el quinto piso de un antiguo edificio no muy lejos de allÃ.
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